Trabajo

Celebramos hoy el día internacional de los trabajadores y trabajadoras. Un año más, el 1 de mayo sirve para reivindicar el trabajo en casi todos los países del mundo, convirtiéndose en la fiesta más universal de todas. 

Con mayor o menor intensidad la actividad para en el mundo entero -Francia, país de la revolución, ha autorizado este año a abrir a las floristerías y panaderías en este día, algo completamente inusual-, y los trabajadores salen a las calles para demandar más y mejores derechos. 

La fecha rememora la lucha de un grupo de sindicalistas de Chicago que, allá por el año 1.886, murieron ejecutados por organizar la huelga para reivindicar jornadas laborales de 8 horas en la pujante industria norteamericana de finales del siglo XIX. Paradójicamente, a estos hombres valientes se les consideró mártires del sindicalismo, y su lucha dio lugar a la fiesta más universal -y nada religiosa, una señal del progreso de nuestra sociedad-. 

Hoy, en 2026, su lucha, y la de tantos hombres y mujeres en todo el mundo, que, desde entonces hasta hoy, dieron su vida -en algunos casos, también, literalmente- por mejorar los derechos de las personas trabajadoras, merece todo nuestro reconocimiento. Gracias a ellos, hoy, de alguna manera, somos. 

En las sociedades occidentales, principalmente nuestra vieja Europa, se ha alcanzado un alto grado de progreso, con seguridad asistencial, educación y sanidad públicas, servicios sociales, pensiones o ayudas para los desempleados, por citar algunos de los logros alcanzados, que nos hacen pensar que sí, que el mundo progresa, y cada vez somos más humanos. 

Pero hay que estar alerta. El momento actual es especialmente complicado, y algunos claman, sin complejos, por la reacción, como hicieron los movimientos reaccionarios de algunas sociedades europeas en los años 20 y 30 del siglo pasado, de infausto recuerdo para la humanidad. 

En tiempos de inmensos beneficios de las grandes empresas -baste como ejemplo el incremento del 11% en el beneficio anual del BBVA anunciado este jueves pasado-, con las bolsas subiendo exponencialmente -y los millonarios del mundo engordando sus cuentas y aumentando de forma vergonzante la desigualdad-, es obligado reivindicar el valor del trabajo frente a las rentas, demandar mejores salarios y más derechos. En definitiva, repartir la riqueza. 

Una sociedad que progresa y que aspira a la justicia social, es una sociedad que busca la igualdad, que no deja a nadie atrás y que siempre honra a los valientes que la precedieron, a los que más nos valdría seguir en el ejemplo. 

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