Cosechando precios bajos

Las excepcionales lluvias de finales del invierno y del comienzo de la primavera, nos permitían intuir, hace ya un par de meses, una extraordinaria cosecha de cereales en nuestro país para esta campaña. Y así está siendo.

Las previsiones de campaña de Cooperativas Agroalimentarias, presentadas recientemente, indican una cosecha de más de 25 millones de toneladas, la segunda más alta de la serie histórica tras los espectaculares 27,6 millones de toneladas de la campaña de 2020.

Esta previsión, en concreto de 25,18 millones de toneladas, es un 15% más que la campaña anterior y nada menos que un 143% superior a la, históricamente baja, campaña de 2023.

Destacan las estimaciones en cebada, con 10,1 millones de toneladas, un 27% más que la media de las últimas campañas, y de trigo blando, con 8,2 millones de toneladas, lo que supone un 40% más que la media desde 2019. Estas dos especies supondrían en España en esta campaña, el 73% de la producción de todos los cereales, donde se incluyen también, el maíz 3,6 millones de toneladas, un 15% por encima de la media de las últimas campañas y algunos cultivos menores como el trigo duro, la avena, el centeno o el triticale, con aumentos, en todos ellos, en la producción respecto a 2024 y respecto a la media desde 2019.

Estos incrementos no se deben a un aumento de la superficie de siembra, que viene disminuyendo en las últimas campañas, hasta situarse en 5,6 millones de hectáreas en 2025, un 5% menos que la media de las últimas siete campañas -al mismo tiempo que aumenta la superficie de leñosos como el olivar, el almendro o el pistacho, tendencia muy consolidada ya, principalmente en la meseta sur-, sino al incremento espectacular de los rendimientos -influidos, sin duda, por las excelentes condiciones de lluvia y temperaturas del final del invierno y principios de la primavera, sobre todo de los meses de marzo y abril.

El rendimiento medio de todos los cereales alcanzará, según las previsiones de Cooperativas Agroalimentarias, las 4,52 toneladas/hectárea, un 15% más que en 2024 y un 32% por encima de la media desde la campaña de 2018.

En cebada y trigo blando, los rendimientos previstos son, respectivamente, de 4,29 y 4,58 toneladas/hectárea, lo que supone incrementos del 36% para la cebada, y del 37% para el trigo blando, respecto a la media de las últimas siete campañas.

Estas cifras de producción y rendimientos coinciden, además, con unos mercados mundiales -en los que, desde nuestra “pequeña” producción (en comparación con los cerca de 2.850 millones de toneladas que se producen anualmente en todo el mundo) y escaso tamaño empresarial no somos capaces de influir- donde la oferta es grande, lo que ha hecho que los precios caigan por debajo de los mínimos de rentabilidad que deberían tener nuestros cerealistas en sus explotaciones agrarias.

Un ejemplo de estos precios bajos es el de los trigos blandos, que en la última cotización en uno de los mercados mundiales más representativos (precios FOB Estados Unidos HRW2) se encontraban en 206,71 euros/tonelada, un 26% menos que el dato de la misma fecha en 2024. En España, el precio en el mercado de Burgos en la última cotización fue de 203,6 euros/tonelada, un 12% por debajo del año anterior.

Uno de los grandes condicionantes para los productores de nuestro país es nuestro pequeño trozo del pastel de la producción global, pero también, el reducido tamaño de nuestras explotaciones -que dificulta la aplicación de economías de escala- y los bajos rendimientos en comparación a los de los países que lideran la producción a nivel mundial. El coste de producción de una tonelada de cereal es, además, mucho más alto en Europa, por otras causas como mayores costes laborales, de medios de producción o condicionantes medioambientales.

La todavía insuficiente concentración empresarial, con empresas particulares y cooperativas que deben crecer exponencialmente para que nuestros productores puedan ser competitivos, es otra de las dificultades añadidas. El tamaño, sin duda, importa. El de las explotaciones, y el de las estructuras comerciales, ambas pequeñas en España en comparación a las de los grandes países productores.

No es fácil la diferenciación en el sector de los cereales, donde las variedades son las mismas en todo el mundo -se comercializan como commodities– y grandes productores, como Ucrania o Canadá, por ejemplo, inundan los puertos y mercados de todo el planeta.

Conviene recordar, en este punto -y más aun en el momento en el que nos encontramos- que la Política Agraria Común nació, entre otras cosas, para mejorar la renta de los agricultores y ganaderos europeos, de forma particular, en sus inicios, de los cerealistas, para equipararla a la renta media de las sociedades de los socios del club comunitario.

Hoy, unas décadas después, este objetivo sigue más vigente que nunca y la negociación de la PAC para el período 2028-2034 debe tener en cuenta la situación -muy recurrente- de precios bajos en los mercados mundiales de los cereales, y la dificultad de alcanzar la rentabilidad para los cerealistas.

Siguiendo el documento de la Visión de la Comisión Europea sobre la agricultura y la alimentación en el continente para después de 2028, es preciso orientar las ayudas para compensar a los productores pequeños y medianos, los que más requieren de estos apoyos para asegurarse una renta digna en la actividad agraria. Es una oportunidad única, quizá la última, de reconducir las ayudas -de manera particular en España, donde el sistema de ayudas basado en los derechos históricos adquiridos hace 25 años, en el que se prioriza a las explotaciones de mayor rendimiento, constituye una gran anomalía-, y hacerlo más justo, y útil para nuestros cerealistas.

Los cereales son uno de los sectores más influidos por las ayudas europeas. Sembremos, pues, una buena PAC.

No podemos fallar.

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