Patria y concordia

En estos tiempos tan extraños, en los que todo parece estar en duda, y el ruido a nuestro alrededor, muchas veces sin argumento ni conocimiento, no nos deja escuchar los sonidos del otoño, aporto mi reflexión pausada sobre algo que nos invade cada día, el concepto de patria.

Todos los seres humanos tenemos en la mente una idea de patria. Y todas son válidas. En el mundo desarrollado, hoy, en el siglo 21, en lo que llamamos occidente, pocos son los que piensan en defender la suya (o lo que ella representa) con las armas, los ejércitos, exhibiendo una bandera. A lo sumo, la competencia se produce entre deportistas o selecciones que representan a su país en las competiciones internacionales y que cantan o escuchan los himnos nacionales mientras ondean las banderas en los estadios de todo el mundo. Algunos nos emocionamos con los rituales de algunos deportes colectivos que, bajo los patrones del mundo anglosajón, han mantenido liturgias, que nos llevan a recordar la historia de nuestros antepasados, cada uno en su trocito del mundo.

Los himnos, las banderas o los escudos no son las patrias. Son la simbología del concepto, tanto para los que nos sentimos españoles, como para los que se sienten de cualquier otro lugar del mundo, incluso para aquellos, que dentro del Estado español, de España, se sienten de una nación distinta de la española. Pueden emocionar y crear un sentimiento de pertenencia a un colectivo. O no. Y todo es válido. Y por supuesto respetable.

Deben usarse para la concordia, no para crear diferencias, o buscar discrepancias entre los que se sienten parte de una patria o que, no sintiéndose parte, viven dentro del territorio al que en los últimos siglos hemos asignado una patria. Los símbolos de una patria son de todos. Incluso de los que no se sienten parte de ella, pero están influidnos por sus leyes. Hay que ser muy cuidadoso con la utilización de los símbolos de todos.

En España, su uso partidista, de unos contra otros es un grave error, porque enfrenta a unos españoles con otros. Todos podemos sentirnos más o menos españoles, o incluso de otra nacionalidad dentro del Estado, compatible con el sentimiento español, o solo de esa nacionalidad y nada español. Pero los símbolos del Estado lo son de todos. Hace ya unos años, la canciller Angela Merkel, en un acto de la CDU, su partido, en plena campaña, impidió el uso que, de la bandera de su país, hacia uno de sus correligionarios, dándonos una lección más de cómo debe ser la política que piensa en la concordia y el bienestar de los ciudadanos y no en los enfrentamientos.

En la España de hoy todo es bastante más complicado y las banderas se utilizan, con frecuencia, para identificarse frente a otros compatriotas o incluso dentro de una misma región, comunidad autónoma o nacionalidad, frente a otros vecinos.

Esto no es patria. Ni patriotismo.

Desde mi óptica, la patria es el orgullo del sentimiento de pertenencia a una comunidad, a un lugar, un pueblo, una comarca, una región, un país… Y el patriotismo, la defensa de los intereses de sus gentes. Por ejemplo, en nuestro país, en este momento de la historia, la defensa de la sanidad pública, de la educación pública, el cuidado de nuestros mayores y de los más necesitados, el reparto justo de las riquezas, la lucha contra el cambio climático y la defensa a ultranza de la igualdad entre todos los seres humanos.

Es mi forma de verlo. Pero soy consciente de que no todos pensamos igual. Por eso, en una sociedad libre y democrática, todos tenemos derecho a expresarnos y a luchar por nuestra forma de entender la patria. O la sociedad, según se mire. Y podemos comprometernos en la consecución de nuestros ideales. Y respetar a los que tienen otros.

El camino del respeto es el camino de la concordia, de la convivencia. Cuando hay elecciones podemos debatir sobre distintos modelos, contraponerlos, enfrentar formas de entender la sociedad y la política y, nos guste o no el resultado, respetarlo y asumir que hay muchas formas de sentir España. Que no siempre coincidirán con la nuestra. Y que todas son válidas y ninguna tiene que ser mejor que otra.

Ojalá estos momentos tan difíciles nos ayuden a pensar en la patria, es decir en nuestros conciudadanos y no utilizar símbolos de todos, frutos de siglos y años de guerras y enfrentamientos, para generar discordia.

Busquemos, pues, la concordia.

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