Vendimiando

Pasado ya el ecuador del mes de agosto, y con la vendimia iniciada en algunas zonas de nuestro país, es momento de dedicar una entrada al sector vitivinícola. 

Hace ya unas semanas que comenzó la vendimia en el Marco de Jerez y en la Denominación de Origen Montilla-Moriles, en Córdoba, que suelen marcar el inicio de la campaña en los últimos años, cada vez antes, a primeros de agosto. 

Y hace unos diez días que ya se vendimia en La Mancha, la extensión de viñedo más grande del mundo. En este caso, la reconversión varietal de las últimas décadas, además de en una enorme diversidad de tipologías de vino, se traduce en una extensión del tiempo de vendimia, que se inicia a mediados de agosto -o incluso antes, los veranos más calurosos- y finaliza para casi finales de octubre. A estas alturas, ya se ha comenzado -y en algunos casos, casi finalizado- la recogida de algunas variedades blancas de maduración temprana, chardonnay, moscatel y sauvignon blanc, que, desde hace unos años, forman parte del mosaico vitícola castellanomanchego. 

Las lluvias de la pasada primavera hacían pensar en una cosecha importante, pero las altas temperaturas de junio y el calor excesivo de las últimas semanas, han hecho que las previsiones se reduzcan y que podamos pensar en una campaña de unos 38 millones de hectolitros de vino y mosto, frente a los 36,8 millones de 2024 (incremento del 3%) y 32,3 millones -cifra muy baja en la serie histórica- de 2023 (la previsión para esta campaña 2025 sería un 18% superior a la de 2023). 

No obstante, son, todas ellas, incluida la de 2025, vendimias relativamente cortas. Un buen dato para iniciar la campaña, de cara a la venta de vino y mosto, es también el de las existencias, que a 31 de mayo se situaron en 33,8 millones de hectolitros, un millón menos que hace un año por las mismas fechas. 

Las previsiones en Castilla-La Mancha, la principal región productora son de una cosecha de alrededor de 24 millones de hectolitros de vino y mosto, por debajo, ligeramente, de la media de las últimas diez campañas, pero superior a la del año pasado, que fue de 22,7 millones de hectolitros. 

Por otra parte, las condiciones climatológicas, desde el punto de vista de la calidad del fruto, han sido, en general, en toda España, muy positivas, y si el final del verano y el comienzo del otoño no lo estropean -con exceso de lluvias-, previsiblemente nos encontraremos ante una campaña excepcionalmente buena.

Pero el análisis coyuntural no nos debe hacer olvidar la situación estructural de un sector que está sufriendo mucho en los últimos años. Por un lado, la bajada del consumo en España (menos de 20 litros por habitante y año) -y el estancamiento en la mayor parte del mundo- y por otro, el cambio de hábitos de los consumidores, que han abandonado los vinos envejecidos en barrica, y el tinto en general, apostando por los blancos y, sobre todo, por vinos jóvenes, están impactando directamente en la rentabilidad y futuro del sector. 

Esta última cuestión ha supuesto una revolución -en negativo- en las clásicas zonas productoras francesas que, hasta hace poco conquistaban los mercados mundiales, fundamentalmente Burdeos, donde podrían arrancarse en unos años unas 50.000 hectáreas de viñedo, y en algunas zonas españolas, principalmente Rioja, orientadas al vino envejecido y que están sufriendo, en gran medida, este cambio de hábitos de los consumidores. 

En este contexto, regiones especializadas en variedades blancas y vinos jóvenes, como Castilla-La Mancha con su variedad airén, la que mayor superficie supone en todo el mundo, son las que resultan beneficiadas en el nuevo contexto del mercado del vino, cada vez más consolidado en la dirección mencionada. 

Así, en los últimos años se viene apreciando una mayor facilidad en la ventas de blancos y jóvenes, con mejores precios, lo que redunda en una mayor rentabilidad para las explotaciones de regiones como Castilla-La Mancha, y dificultades en regiones especializadas en vino envejecido en barrica, como Burdeos, en Francia, o Rioja, en España, por citar las más representativas. 

Estas circunstancias, ya estructurales, unidas al bajo consumo del vino en general y a la dura competencia de otras bebidas alternativas, nos deben hacer ver la necesidad de trabajar por una mejor organización del sector, con una interprofesional que vaya más allá de la promoción -por supuesto, muy necesaria- del consumo moderado de vino. 

La solución no es fácil, pero el sector y la administración -que debe defender y reorientar, también, el plan de apoyo al sector vitivinícola, de la PAC para 2028-2034- deben ponerse las pilas ante una situación muy compleja y difícil. 

El futuro de todos los viticultores, que estos días recogen el fruto del esfuerzo de todo un año, está en juego. Nuestra cultura, la dieta mediterránea, el paisaje y nuestro territorio rural, de alguna manera, también. 

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